Categoría: Periodismo en primera persona

Por 13 razones

Por13Razones

En realidad, la chica más famosa de Netflix podría haber encontrado 20 razones, o 30, o muchas más: siempre hay motivos para tirar la toalla. Pero nunca son suficientes. Por 13 razones (13 reasons why) ha enganchado a adolescentes de todo el mundo porque les pone delante de los ojos, bien encuadrada e iluminada, una parte de la realidad que ellos viven.

Se dice, para defender la necesidad de una serie como esta, que transmite casi en directo los motivos por los que una joven de 17 años se corta las venas y luego se lo reprocha a otras 13 personas; que hacía falta visibilizar el problema del acoso escolar, el del exhibicionismo digital, el del rumor maledicente y, finalmente, el del suicidio. Y es verdad: vivimos con el dolor de nuestros hijos en standby, haciendo como que no pasa, dando palmaditas en la espalda a quien necesita un abrazo en el alma. Pero no basta con señalar el problema y deslumbrar a medio mundo con una efectiva y pagadísima puesta en escena: hay que proponer una alternativa. Y en esto cojea la serie de Netflix.

Hay tristeza en el corazón de muchos jóvenes porque hay una herida. Busquemos los porqués de esa cicatriz y pongamos encima la tirita adecuada. Demos 13 o 13.000 razones para vivir a quien necesita consuelo. Y empecemos por decirle lo más obvio: tu vida es un regalo tan grande que ni siquiera es tuya. La chica de Netflix no sabía esto, le habían hecho creer que todo dependía de ella, como si su presente, por duro que pudiera ser, fuera una posesión, como si de la emoción concreta de un momento dependiera el sentido de su vida entera.

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Jiménez Lozano tiene razón

jiménez lozano“La alegría nace de la simplicidad”. La frase la pronunció esta semana el premio Cervantes José Jiménez Lozano, durante la charla que compartió con los alumnos del Máster de Humanidades de la UFV. Dijo también: “Yo no quiero meterme en medio de mi escritura”, o “no se puede vivir sin esperanza”; afirmó, sobre la verdad, que “la objetividad es la lealtad con los hechos”, y sobre el contemporáneo debate acerca de la igualdad: “el que menos tiene necesitará más, ¿no?”.

Hablaba don José desde la serena convicción de sus 87 años, con la acelerada pulsión de quien vive sin miedo a no vivir. Le mirábamos, los allí presentes, entre extrañados y divertidos: su figura, pequeña, austera, de hombre sabio de provincia pequeña, nos llegaba como distorsionada; quiero decir que nos costaba aceptar la analógica presencia de un hombre culto en medio de nuestra efervescente vida wifi.

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Sobre el misterio del mal

juego de tronos.jpgEl mal está sobrevalorado. Existe, sin duda, y duele y hiere y mata, pero tiene demasiada presencia en nuestro corazón. Yo creo que esto tiene que ver con Netflix, con Twitter, quiero decir, con nuestra sociedad transparente, en la que, para ser buenos, necesitamos un mal equiparable. ¿Qué sería de un John Nieve sin su Cersey Lannister, de un Simba sin su Mufasa, de una alegría sin su recompensa de tristeza? Pues todo, en realidad: el mal no compensa al bien, como si fueran vasos comunicantes y dependientes, no somos felices porque antes fuimos desgraciados. Pero vivimos expuestos ante la dictadura de lo efímero, de lo transparente, ya digo, en el que somos aquellos que mostramos, y no lo que en realidad ha sido siempre el hombre: un ser trascendente en busca de verdad, belleza y bien. Eso son cosas de curas, diría la mayoría, o de locos, o ¿de qué coño me estás hablando?, que escupiría un concursante de Gran Hermano mientras llora por unos cuernos.

Ahora que iniciamos la cuaresma, tiene sentido el Evangelio: “Luego el demonio llevó a Jesús a la ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole…” Ya sabemos que Jesús respondió con el bien, y ahora ahondaremos en esa única respuesta posible, pero detengámonos un momento en el escándalo que supone que Jesús sea conducido a sitio alguno por el demonio. ¿Pero cómo es posible que el mal tenga tanto poder? Desde luego, enseguida algún oyente más docto que yo en asuntos teológicos me explicó que lo que hace Jesús es permitir que el maligno le lleve a ese sitio para, de esta manera, demostrar que el problema no es la existencia del mal, disfrazado en este caso de tentación, sino la respuesta que damos nosotros. Es decir, si a la tentación respondemos con la firmeza de la Verdad, al odio con el amor y a la extraña contingencia con la oración, seremos más hombres, más libres, más justos.

Yo no sé mucho del mal, pero mi experiencia me va diciendo poco a poco que su fuerza es siempre inferior a la del bien, que no son cosas equiparables, que lo bueno es lo único y lo malo es ausencia de aquello. Bueno, esto último lo aprendí en una clase, pero parece un aprendizaje importante: el mal es privación del bien. ¡Pero claro!, ¡cómo vamos a darle al mal la misma entidad que al bien! Esa es nuestra enorme y metafísica ventaja: absolutamente siempre se puede vencer al mal. Aunque a veces no lo entendamos.

Los tres objetivos de Podemos que mis amigos ignoran

15299422334_8ca2d01c1a_z.jpgTengo un amigo que vota a Podemos, bueno unos cuantos, en realidad, y me dicen que lo hacen porque están hartos de que nunca se haga nada. Y les entiendo: la frustración ante la inacción de nuestros dirigentes es perfectamente comprensible. El problema es que la medicina recetada por los de Pablo Iglesias es letal: destrucción de España como Nación, brutal subida de impuestos y fortalecimiento de la mal llamada democracia participativa, mal llamada, digo, porque no es ni una cosa ni la otra. Veamos.

Podemos no cree en el concepto de nación, ya no porque sea “discutida y discutible”, como se aventuró a decir el padrino ideológico de Podemos, el presidente Zapatero, sino porque la Nación, como entidad que avala la Democracia liberal y genera igualdad entre ciudadanos, no cabe en su mentalidad estatalista. Para Podemos lo importante no es que los españoles seamos herederos de una tradición política, social y cultural que tiene cerca de 2.000 años, sino que la gente se agrupe en pequeños o medianos estados asociados bajo la única bandera posible, que es la de su ideología. Ni banderas ni religiones, eso ya es muy viejo, pero algunos parecen haber olvidado que el ideologismo, como dejó escrito Sartori, solo encuentra su hueco en sociedades poco alfabetizadas: “habitúa a la gente a no pensar, es el opio de la mente; pero es también una máquina de guerra concebida para agredir y ‘silenciar’ el pensamiento ajeno”, dijo el autor de ¿Qué es democracia? Y no somos tan tontos, tan pobres o tan de las dos cosas como para comprar una mercancía tan burda.

“Los impuestos son para Podemos como las musas para el poeta, los necesitan para poder existir”.

Lo de la subida de impuestos es un clásico de los modelos intervencionistas. Como no confían en los ciudadanos, ni en su libertad para emprender, conducir o crear, dirigen sus designios interviniendo en cada aspecto de su vida. Y ese afán regulador, tan asfixiante como injusto, es muy caro. Los impuestos son para Podemos como las musas para el poeta, los necesitan para poder existir. No les gusta que un empresario prospere, porque dan por hecho que pertenece a una clase social maligna que solo busca el aniquilamiento de sus empleados. Así que propugnan una clase masiva por decreto, que acaba siendo clase pobre, por supuesto.

Pero eso sí, a votar todos los días, a ver dónde ponemos una papelera o dónde ubicamos aquella fuente, o si el parque debe tener hierba de una clase o de otra. Porque la democracia participativa, ese mantra que repiten a este y al otro lado del océano, allí donde pastan las bolivarianas y ruinosas revoluciones, solo busca que el ciudadano desconfíe de la política. ¿Qué es participación?, ¿acaso una okupación, quizá un tuit antisemita, puede que una urna de cartón?

 

Lo que es del César

(Publicado originalmente en Mirada 21)

Lo que necesita el hombre no cabe en un programa electoral. Sus anhelos, esperanzas y deseos profundos escapan al contenido de cualquier ley. Saltarse esa hegeliana concepción de la vida nos ayudaría a aceptar el dolor, sí, pero también a pedirle al César solo lo que es del César. Ningún Rajoy, Iglesias, Rivera, Merkel, Obama o Maduro puede garantizar la felicidad de sus ciudadanos; porque lo que está en su mano no sobrepasa la limitada –aunque importante, sin duda- circunferencia de lo material.

Nos hemos convertido en reclamadores de derechos, como si en una ley cupiera el sentido de nuestra existencia.

El siglo XX fue el de lo imposible: totalitarismos de todo pelaje buscaron paraísos terrenales que salvaran al hombre de su misteriosa limitación. Por supuesto, tales experimentos acabaron en utópicos desastres: gulags, campos de exterminio, racismo estructural, violencia legitimada, etc. Detrás de todas esas ideologías residía agazapada una misma concepción de la política como herramienta de transformación –revolución, diríamos- social netamente inhumana. Esto es, dotaba al Estado de estructuras que no le eran propias, puesto que ningún gobernante tiene derecho a decidir sobre la vida y la muerte de sus ciudadanos, ni, por tanto, puede responsabilizarse de su auténtica libertad, que les es propia por naturaleza. Esos regímenes abyectos violentaron el orden de las cosas y se apoderaron de la naturaleza del hombre, al que despojaron de su dignidad para convertirlo en bestia. Así, como bien ha dejado dicho el profesor López Quintás, el hombre que viajaba apilado como una caja en un tren camino del campo de concentración dejaba de ser hombre para ser cosa. Y a las cosas se las puede cambiar de sitio, partirlas por la mitad, quemarlas y destruirlas.

Pues bien, superado aquel siglo de horror, los nuevos tiempos nos han traído un mundo débil en el que el hombre se quiere salvar a sí mismo y en el que reclama del Estado lo que este no puede darle. Es decir, ya no es el gobernante el que quiere salvar al pueblo, sino la gente, ese concepto abstracto que en sí mismo esconde la negación del ciudadano libre, la que exige salvación en la ventanilla equivocada. Así, nos hemos convertido en reclamadores de derechos, como si en una ley cupiera el sentido de nuestra existencia. Por supuesto, se deben aplicar políticas que protejan a las personas más desfavorecidas y poner en marcha medidas para favorecer la creación de empleo y de riqueza, pero ninguna norma es suficiente en sí misma para crear paz en el corazón del hombre.