El audio no es radio

Escribo desde la trinchera. Lo sé. Perderé esta batalla. Es probable. Pero pienso quedarme aquí guerreando, en algún punto medio entre la FM y el pódcast para defender que decir audio no es lo mismo que decir radio. Lo diga la BBC o su porquero.

Las cosas que no se dicen es como si no existieran. La frase la pronuncia Antonio Resines al final de La buena estrella, la obra maestra de Ricardo Franco. Y así es. Nombrar las cosas es dotarlas, de alguna manera, de existencia. Lean La seducción de las palabras de Grijelmo, si no me creen. Decir algo es hacer que ese algo adquiera una nueva dimensión.

Un audio es un sonido. Algo que es posible escuchar. Es decir, la radio es audio, sí, pero no solo. Es palabra, música, silencio y efectos. Y es intención. Rebajar todo ese entramado precioso y complejo al nivel del audio es como afirmar que un eructo es la panacea de la comunicación elegante. Es comunicación, sí, pero sobre todo es grosería.

El argumento de que los jóvenes no saben nada de radio y de televisión porque consumen productos individualizados cae por su propio peso. Esos productos, plenamente adaptados a su tiempo, deben ser llamados programas de radio o, en su caso, pódcast. Flaco favor le hacemos a las futuras generaciones de comunicadores si no defendemos ciertas trincheras, no como el viejo que se aferra su universo conocido y se resiste a cualquier cambio, sino porque en ellas reside la base de todo cambio. La radio se está adaptando a este tiempo nuevo, como lo hizo a otros. Su flexibilidad es connatural a su existencia. Pero uno se adapta a los signos de los tiempos desde las raíces que te mantienen en tierra. Recurramos a Chesterton: “El fin de tener una mente abierta, como el de una boca abierta, es llenarla con algo valioso”.

Cualquiera que suba un audio a una plataforma de pódcast puede pensar que está haciendo radio. Pero es mentira. Estoy harto de escuchar audios – esos sí- mal grabados, pretenciosos, largos, sin ritmo, mal editados… no compremos esa mercancía, queridos amigos. Usemos nuevos lenguajes, busquemos nuevas formas de comunicar realidad o ficción, hagamos programas que conecten con esta generación emotiva. Es posible. Y si lo hacemos, tengamos el enorme orgullo de afirmar, le pese al publicista que sea, que estamos haciendo radio.

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