La aspiración ética de Adolfo Suárez (I): Introducción

Para alguien como yo, que nació en 1981, la figura de Adolfo Suárez es lo más parecido a un referente absoluto en términos políticos. Es el nombre que he escuchado de fondo, mientras iba creciendo, como banda sonora de mi historia política personal. Suárez es, popularmente, el que “unió a las dos Españas”, “el que buscó siempre el consenso”, el que “trató de enfrentarse a las dificultades con serenidad y templanza”, aquel al que votaban los un poco más de derechas y los un poco más de izquierdas. Suárez era el hombre que, en ese año de 1981, se quedó sentado en sucercas.jpg escaño del Congreso mientras los representantes de la bigotuda España del ayer trataban de impedir a golpes el avance de la democracia, tal y como inmortalizó Javier Cercas en su Anatomía de un instante.

La generación de los que nacimos en aquellos años no ha vivido otra cosa que la democracia, pero no como una realidad asentada, sino como un fenómeno en construcción. No somos los hijos de internet, como la posterior, ni tampoco los de la analógica Dictadura; somos, en cambio, los hombres y las mujeres nacidos de un proceso en construcción. Esa sensación de inseguridad con la que vinimos al mundo nos ha acompañado toda la vida.

Pero es que, además, se cumplen en fechas recientes importantes aniversarios que, necesariamente, obligarán a la ciudadanía a volver la vista atrás para recordar el trabajo conjunto de una clase política que, con todos sus errores, logró la consecución de un bien para la sociedad española: la democracia.

Dijo Chesterton que el hombre es “un monstruo deforme, con los pies mirando hacia delante y el rostro mirando hacia atrás”. Así, el 18 de noviembre de 2016 recordamos el 40º aniversario de la aprobación de la Ley para la Reforma Política, “el día que el franquismo votó por la reconciliación nacional”, según la crónica publicada ese día en el diario ABC por Juan Fernández-Miranda. Y, sobre todo, el 15 de junio de 2017 conmemoramos que, cuatro décadas antes, los españoles pudieron volver a las urnas. La anterior ocasión hay que buscarla en las elecciones del 16 de febrero de 1936. Habían pasado, pues, otros 40 años, para que los españoles pudieran volver a elegir a sus gobernantes. Y, sin embargo, la Transición fue un proceso rápido o, al menos, medido en sus tiempos. El entonces ministro de Suárez y, posteriormente, su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, dijo en 2007 en una entrevista en El Mundo, que “una de las virtudes de la Transición con Adolfo Suárez fue la buena medida del tiempo”.  Recordamos, así, estos meses, esos otros en los que España se construía como nación soberana, libre, democrática.

Recordamos estos meses esos otros en los que España se construía como nación soberana, libre, democrática.

Carlos Abella termina su biografía sobre Suárez destacando el “compromiso de su trayectoria política con el entendimiento, el acuerdo y la búsqueda de la mejor forma de resolver la convivencia entre los españoles”. Es una buena muestra del enfoque que, generalmente, se le ha dado a los estudios sobre la figura del expresidente del gobierno. Y es acertado, desde luego, encuadrar su labor en ese paradigma político del hombre de Estado, muñidor de acuerdos, generador de consensos. El expresidente del gobierno catalán, Jordi Pujol, dijo de Suárez que era “un hombre receptivo y un político con preocupación de Estado”. En esa misma línea, Santiago Carrillo, el todopoderoso secretario general del Partido Comunista de España, dijo de Suárez: “Habiendo empezado a hacer política en el régimen franquista, siempre, desde que le conocí, me dio la impresión de ser un hombre que estaba convencido de que su destino era restablecer la democracia”.

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Por su parte, Felipe González,que mantuvo agrios debates con Suárez, reconoció tras su muerte su talante dialogante, “llegamos a pactar incluso en los momentos de mayor tensión”, afirmó en una entrevista televisiva. Además, en un comunicado hecho público por el PSOE, González afirmó de Suárez que “sus cualidades para el diálogo y el compromiso, desde la fortaleza de su liderazgo”, habían sido claves para que España consiguiera “el marco de convivencia en libertad más importante de nuestra historia”.

Y así podría seguir decenas de páginas, recogiendo declaraciones de políticos, periodistas o historiadores de todo origen y condición. La inmensa mayoría coincide en destacar esos rasgos de tolerancia, apertura y capacidad para el diálogo del presidente Suárez, y no es el objetivo de este trabajo entrar a discutirla. Más que desmitificar, lo que pretendo es ofrecer un análisis por profundización, en busca de hechos o líneas rectoras que permitan comprender el imaginario asociado a la figura de Suárez. Para ello, en el presente artículo, trataré de realizar un acercamiento a Suárez desde la perspectiva ética del concepto de bien. Esto es, me preguntaré si la labor política de Adolfo Suárez estuvo guiada por una convicción profunda, en términos filosóficos, del bien que la consecución de la democracia supondría para la sociedad española. Y, en un sentido más amplio, intentaré encajar esa labor en la teoría política, buscando anclajes con lo que el concepto de bien en política ha supuesto a lo largo de los siglos. Por último, trataré de demostrar el perfil de Adolfo Suárez como hombre de acción, capaz de buscar soluciones originales más allá de los despachos. En este sentido, habrá que dejarle un espacio al carácter ambicioso del presidente, aspecto este que tampoco ocultan casi todos los libros que se han acercado a su figura y que, en él, encajaba con una asombrosa naturalidad.

982796417_850215_0000000000_sumario_normal.jpgLa consecución de la democracia fue fruto del consenso, como tantas veces se ha dicho, pero convendría aceptar que, aunque lo consensuado no es necesariamente lo bueno, en este caso sí lo fue. Es decir, la democracia conseguida fue esencialmente buena, pues tenía —y tiene— un valor moral indiscutible, el valor de los grandes ideales, que diría Chesterton. Se pueden poner objeciones al grado de bien que se consiguió, pero no tanto a que, en términos generales, fue algo bueno. Ese es, por tanto, el objetivo último de este texto: pensar desde las Humanidades la vigencia de la afirmación de que el legado de Suárez es esencialmente bueno.

El espíritu de la UCD

“No es pedir demasiado recobrar el espíritu de la UCD. Es desear un crecimiento del nivel ético de la vida pública, una recuperación ética, tan necesaria”. ¿Tiene razón el periodista Justino Sinova cuando pide una recuperación ética en la vida pública? ¿Qué significa? ¿Por dónde empezó ese crecimiento ético al que se refiere? ¿Con qué medios contó Suárez? ¿Desde qué instituciones lo hizo? ¿A partir de qué presupuestos? Este debate bien podría arrancar con Aristóteles, cuando inició la Ética a Nicómaco afirmando que “toda acción humana libre tiende a un fin bueno. Se ha dicho, por eso, que el bien es aquello que todas las cosas buscan” (1094 a 1-3); o bien, cuando dice en la Política que

“es evidente que toda ciudad es una cierta comunidad y que toda comunidad está constituida con miras a algún bien (porque en vista de lo que les parece bueno todos obran en todos sus actos), es evidente que todas tienden a un cierto bien, pero sobre todo tiende al supremo la soberana entre todas y que incluye a todas las demás. Esta es la llamada ciudad y comunidad cívica (1252a)”

Así comienzan dos de las obras claves no solo para entender el pensamiento político de Aristóteles, sino para suponer que la cuestión está ya en el principio de la reflexión misma. Cabe argüir, entonces, que este debate es consustancial al hombre, al menos, al hombre occidental que fuimos y del que venimos. Y, desde Aristóteles, el debate no ha cesado de sumar adeptos.

Cuenta el periodista Juan Fernández-Miranda en ABC que fue el entonces presidente de las Cortes, Torcuato Fernández-Miranda, quien redactó los primeros folios que inspiraron el proyecto de Ley de Reforma Política que finalmente fue aprobado en noviembre de 1976. El preámbulo de ese documento iniciático es revelador:

“La democracia no puede ser improvisada; ha de ser el resultado y el trabajo de todo el pueblo español. Nuestra dura historia contemporánea, desde las Cortes de Cádiz, demuestra que las creaciones abstractas, las ilusiones, por nobles que sean, las actitudes extremosas, los pronunciamientos o imposiciones, los partidismos elevados a dogma, no sólo no conducen a la democracia, sino que la destruyen.”

En realidad, estas frases entroncan con el gran debate al que la historia política ha tratado de responder desde siempre: ¿debe ser la política un instrumento para el Bien? ¿O más bien ha de entenderse como la ciencia de lo posible? Son cuestiones que se abordan en este trabajo desde una doble perspectiva: la histórica, con un breve pero completo repaso al estado de la cuestión en diferentes etapas, y la política, tratando de responder a esa pregunta inquietante pero necesaria: ¿debe ser el político un hombre ético?

“Suárez optaba más bien por la política como el arte de lo posible”

Da la impresión, leyendo aquel preámbulo a la ley que demolió el franquismo, de que Suárez optaba más bien por la política como el arte de lo posible. Suárez hizo suyo el texto de Fernández-Miranda y eso de descreer de las “construcciones abstractas” le posiciona entre los que, obedeciendo a una cierta actitud conservadora, se inclinan por “lo real frente a lo posible”. Se trata, en definitiva, de una actitud que mira la tarea de gobernar como algo específico y limitado, atendiendo a los medios, a lo concreto. Y es que, como afirma Oakeshott en su ensayo ¿Qué es ser conservador?:

“Tendemos a pensar que no ocurre nada importante a menos que se produzcan grandes innovaciones, y que aquello que no mejora debe estar deteriorándose. Existe un prejuicio positivo en favor de lo que aún no se ha probado. Suponemos fácilmente que todo cambio es, en cierta medida, para mejor, y nos convencemos sin dificultad de que todas las consecuencias de nuestra actividad innovadora significan progreso o, al menos, el precio razonable que debemos pagar para obtener lo que deseamos”.

Un conservador no se opone al cambio, pero sí a cualquier cambio. Pues, dicho de otra manera, no todo progreso lleva consigo una evolución. Merecería un análisis mucho más profundo la catalogación de Suárez como hombre conservador, sobre todo para diferenciarlo de los postulados defendidos en su tiempo por Alianza Popular, pero sí parece obvio que compartía alguna de sus prioridades.

Del regate corto a la Ley de leyes

El periodista Luis Herrero dice de Suárez que “era un maestro del regate en corto (…). Eso no quiere decir en absoluto que no tuviera convicciones —las tenía— o que no supiera a dónde quería ir a parar. Lo sabía muy bien. Pero también sabía que, en política, el mejor camino, a menudo el único transitable, casi nunca es la línea recta. No es siempre bueno decir toda la verdad”. Lo cierto es que, más allá de etiquetas, Suárez era un político en sentido estricto, con ese saber específico para lo político al que se refiere Isaiah Berlin cuando afirma, en relación a la acción del buen político que

“Su mérito es que captan la combinación única de características que constituyen esa situación particular; esa y no otra. Lo que se dice que se puede hacer es entender el carácter de un movimiento determinado, de un individuo determinado, de un estado único de cosas, de una atmósfera única, de una combinación singular de factores económicos, políticos, personales”.

Es decir, en política se puede -y debe hacer- aquello que es posible según unas circunstancias posibles y según un momento concreto. Esta idea sirve para matizar un objetivo secundario de este artículo, que es mostrar la evidente complejidad del proceso político de la Transición. No es sensato, como se pretende desde interpretaciones políticas contemporáneas, hacer lecturas simplistas y maniqueas de un proceso tan lleno de matices y claroscuros, tan ambiguo como decisivo en la historia reciente de nuestro país. Por eso, me propongo hacer un análisis sucinto, ceñido tanto a las cosas que sucedieron como a las consecuencias que, efectivamente, han tenido.

vida-Adolfo-Suarez-imagenes_TINIMA20140321_0240_3.jpgQue la democracia conseguida en la Transición fue buena es algo que, en la España de 2017, confrontan tanto los representantes de la nueva izquierda como los sectores independentistas. Quizá en la coincidencia de esos sectores, que discuten la misma existencia de la nación española, reside el principal reto que España deba afrontar en su futuro inmediato. Pero, muy probablemente, ni siquiera el empuje de esos sectores, alimentados dramáticamente por las consecuencias de la última crisis económica, pueda acabar oscureciendo el juicio que la Historia venidera realice de la Transición política y de uno de sus principales artífices, Adolfo Suárez. Y es que, como afirmó el rey Felipe VI en el solemne acto de apertura de la presente Legislatura, “nunca podremos agradecer suficientemente la valentía y la generosidad de aquellos que, con el dolor y la memoria todavía vivos en su alma, pusieron todo su corazón, toda su fuerza, para lograr, por fin, la reconciliación entre españoles y la democracia en España”.

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