11 de marzo. Nueva oportunidad para la Misericordia

Aquella mañana de marzo la radio tomó el protagonismo. Otra vez. Como casi todos los grandes días de la democracia española. Los enemigos de la libertad eligieron el prime time para llenarnos los vagones de sangre, el alma de dolor y la cabeza de firmeza. Al menos a la mayoría. En todas las grandes ocasiones, la vida nos da a elegir: el bien o el mal. Yo creo que aquél 11 de marzo, la mayoría de los españoles elegimos hacer el bien: atender a los heridos, rezar por los asesinados y sus familias y defender a nuestra patria, que es el hogar de nuestros padres, de quienes la habían violentado. Es verdad que hubo algunos que, alentados por la circunstancia y vaciados de amor, escogieron el mal: promovieron el enfrentamiento entre la ciudadanía, convocaron y secundaron protestas ilegales e inmorales frente a la sede del PP, mintieron, insultaron y un largo etcétera de miseria y vergüenza que quedará para siempre en su conciencia. No hablo de los engañados, que se me entienda bien; hablo de los que orquestaron una turbia maniobra política para tratar de sacar rédito de donde sólo había que sacar compasión y patriotismo.

Aquella mañana de marzo, pues, nos puso delante de lo que somos como pueblo, capaz de lo mejor y de lo peor. Pero, pasado el tiempo, pongamos una mirada de misericordia a nuestro recuerdo y busquemos la clemencia y la justicia, el perdón y la dignidad. ¿Sabemos todo lo que pasó el 11-M? No. Y, probablemente, no lo sabremos nunca. ¿Quiere esto decir que somos víctimas de una conspiración tremenda en la que, como algunos apuntan, hay servicios de inteligencia extranjeros implicados? No parece muy serio. La única solución que se me ocurre a este dilema que, durante años, ha enfrentado a amplios sectores de la sociedad española, es aceptar que la justicia humana es limitada, algo en lo que creo que todos estaremos de acuerdo.

Así que, sentado frente al haz del perdón, pongámonos nobles objetivos: demos consuelo a las familias de las víctimas, defendamos la democracia y la libertad contra la que atentaron los terroristas, no caigamos de nuevo en las trampas cainitas que sembraron de odio nuestro corazón y, por favor, promovamos la construcción de un espacio de homenaje a los caídos que no de tanta vergüenza ajena como la cosa esa plastiforme que habita en las cercanías de Atocha.

Toda nación seria, como es la nuestra, se merece una nueva oportunidad: aprovechemos este aniversario para elegir el bien como fórmula segura de desterrar el mal que habita afuera, pero también el que asoma, a veces, en la orilla de nuestro corazón.

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