Claro que nos puede pasar.

Ha pasado muchas veces a lo largo de la historia: la gente, ante lo que pasa allá, dice: “esto nunca nos pasará a nosotros”. Pero los alemanes entraron en París, pero en España nos matamos a garrotazos durante tres años y luego nos fuimos suicidando lentamente durante otros 40; así que, sí, claro que nos puede pasar a nosotros. O, dicho de otra manera, España no es Grecia, pero puede llegar a serlo.

Y el problema de fondo no es que en Atenas haya un gobierno irresponsable que ha patrocinado un corralito financiero por su incapacidad de asumir la realidad; tampoco lo es la suerte de prepotencia moral de la extrema izquierda, que actúa como la de siempre pero lo vende mucho mejor, (no pienso pedir perdón por decir extrema izquierda, porque lo es, con sus extremas decisiones, sus extremos prejuicios y, sobre todo, sus extremos errores), esa especie de superioridad que destilan cuando se alzan como la única voz de los pueblos oprimidos. Oprimidos son quienes ahora hacen cola para sacar un máximo de 60 euros de un cajero, oprimidos son los votantes engañados a quien se prometió aquello que sabían que no iban a hacer, oprimidos somos también los españoles que hemos prestado solidariamente (ni nuestras empresas ni nuestros bancos tienen intereses en Grecia) 26 mil millones de euros.

El problema de fondo es la socialdemocracia irreal, utópica y ficticia que disfrutó Grecia durante muchos años: sus autobuses semi gratuitos, sus pensionistas cuasi adolescentes, sus jubilados de 50 años, etc. Grecia, que inventó el concepto de Estado, se había convertido en un estado fallido que hubo que rescatar. Y, encima de hacerlo, ahora nos insultan por pedir, por favor, que poco a poco nos vayan devolviendo nuestro dinero.

Europa tiene sentido porque nos prestamos dinero dando por hecho que se devolverá. Fuera de ese círculo de confianza no tiene sentido la Unión. Pero claro, aquellos que ganaron las elecciones mintiendo, culpando a Merkel o a quien fuese de sus propios errores, aquellos que anteponen la ideología a la idea y la demagogia a la lógica, todos esos barruntadores de la “política para la gente”, los escribidores de tuits tan intelectualmente comprometidos como realmente estúpidos.

Todos esos, en fin, que dicen que pueden, y a quien hay que temer. Allí y aquí. Porque sí, nos puede pasar a nosotros.

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