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El caso RNE: Nuevas voces, mismo sonido

La llegada de Sánchez al poder a finales de la temporada radiofónica hizo imposible acometer los cambios en los programas de la radio pública hasta después del verano. La primera consideración que conviene hacer es que es realmente triste que nos hayamos acostumbrado a ver como normal que el cambio de Gobierno suponga el cambio de voces en las radios de titularidad pública. Yo lo he vivido, en un sentido y en el otro, y creo que es de un absurdo estructural. ¿Qué imagen da una cadena que por el hecho de que cambie el inquilino de la Moncloa asume como normal que deba cambiar a sus presentadores? Es inevitable que el oyente piense que, a nuevo presentador, nueva doctrina. La realidad luego no es del todo así y unos y otros, sobre todo en RNE, tratan de mantener las formas, pero el daño de los ceses a priori ya está hecho.

Dicho lo cual, creo que las nuevas voces que acompañan esta temporada a los oyentes de RNE se caracterizan por haber modernizado algo el sonido de la cadena. Mucho menos de lo que necesitaría, desde luego, pero es indiscutible que, especialmente en los informativos de mediodía, tanto en el 14 horas de Lunes a Viernes como en la edición de fin de semana, las nuevas voces se parecen más a la radio de hoy que a la de ayer. Especialmente, en el caso de Ana Sterling, que ha conseguido quitarle un par de décadas al sacrosanto templo de la noticia en que se había convertido el antiguo Diario de las 2. Su 14 Horas aún adolece de escasa flexibilidad, pero al menos ha abierto la puerta a una nueva forma de redactar y locutar, lo cual era absolutamente necesario.

En lo que todavía no consigue avanzar RNE, al menos para poder competir mínimamente con el resto de emisoras de titularidad privada, es en la complejidad sonora. Me explico: ¿Cómo es posible que en pleno 2019 una cadena de radio siga emitiendo una misma sintonía en absolutamente todos los espacios informativos de la cadena? Ya sé que el argumento que se esgrime en la casa es que esa melodía es intocable porque sirve al oyente para vertebrar todos los espacios y que aporta seriedad y credibilidad. Pero esos argumentos no tienen un paso. La radio moderna, la del podcast, la de Alsina y Francino, incluso la de Radio 3, es aquella que es capaz de equilibrar el uso de los elementos del lenguaje radiofónico, aquella que es capaz de ser creativa sin perder el rigor, que dispone de la música -sintonías, indicativos, colchones, ráfagas- con coherencia generando ritmo y armonía. Emitir una única sintonía a todas las horas, desde las noticias de España a las 8 hasta los titulares del informativo de fin de semana, no hace más que anclar a la cadena en un moelo anticuado y polvoriento que jamás enganchará a nuevos oyentes.

Y la curva demográfica no perdona.

Los tres objetivos de Podemos que mis amigos ignoran

15299422334_8ca2d01c1a_z.jpgTengo un amigo que vota a Podemos, bueno unos cuantos, en realidad, y me dicen que lo hacen porque están hartos de que nunca se haga nada. Y les entiendo: la frustración ante la inacción de nuestros dirigentes es perfectamente comprensible. El problema es que la medicina recetada por los de Pablo Iglesias es letal: destrucción de España como Nación, brutal subida de impuestos y fortalecimiento de la mal llamada democracia participativa, mal llamada, digo, porque no es ni una cosa ni la otra. Veamos.

Podemos no cree en el concepto de nación, ya no porque sea “discutida y discutible”, como se aventuró a decir el padrino ideológico de Podemos, el presidente Zapatero, sino porque la Nación, como entidad que avala la Democracia liberal y genera igualdad entre ciudadanos, no cabe en su mentalidad estatalista. Para Podemos lo importante no es que los españoles seamos herederos de una tradición política, social y cultural que tiene cerca de 2.000 años, sino que la gente se agrupe en pequeños o medianos estados asociados bajo la única bandera posible, que es la de su ideología. Ni banderas ni religiones, eso ya es muy viejo, pero algunos parecen haber olvidado que el ideologismo, como dejó escrito Sartori, solo encuentra su hueco en sociedades poco alfabetizadas: “habitúa a la gente a no pensar, es el opio de la mente; pero es también una máquina de guerra concebida para agredir y ‘silenciar’ el pensamiento ajeno”, dijo el autor de ¿Qué es democracia? Y no somos tan tontos, tan pobres o tan de las dos cosas como para comprar una mercancía tan burda.

“Los impuestos son para Podemos como las musas para el poeta, los necesitan para poder existir”.

Lo de la subida de impuestos es un clásico de los modelos intervencionistas. Como no confían en los ciudadanos, ni en su libertad para emprender, conducir o crear, dirigen sus designios interviniendo en cada aspecto de su vida. Y ese afán regulador, tan asfixiante como injusto, es muy caro. Los impuestos son para Podemos como las musas para el poeta, los necesitan para poder existir. No les gusta que un empresario prospere, porque dan por hecho que pertenece a una clase social maligna que solo busca el aniquilamiento de sus empleados. Así que propugnan una clase masiva por decreto, que acaba siendo clase pobre, por supuesto.

Pero eso sí, a votar todos los días, a ver dónde ponemos una papelera o dónde ubicamos aquella fuente, o si el parque debe tener hierba de una clase o de otra. Porque la democracia participativa, ese mantra que repiten a este y al otro lado del océano, allí donde pastan las bolivarianas y ruinosas revoluciones, solo busca que el ciudadano desconfíe de la política. ¿Qué es participación?, ¿acaso una okupación, quizá un tuit antisemita, puede que una urna de cartón?