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Lo que la pandemia nos ha enseñado sobre la radio

El Coronavirus ha traído una nueva forma de escuchar la radio, al menos, una adaptación: poníamos el oído para encontrar al otro lado algo de la seguridad que habíamos perdido. El suelo había desaparecido, casi todas nuestras seguridades habían quedado colapsadas y el miedo tenía barra libre en nuestros pensamientos. Y en medio de esa crisis personal y planetaria, estaba la radio, puntual y precisa.

Alsina se dio cuenta de que la humanidad estaba dándose cuenta de que de esta crisis o salíamos todos o no salíamos ninguno. Esa sensación de que había algo que nos unía, ese aplauso compartido, esa necesidad de preservar la vida, de defender nuestros siete reinos del enemigo común: Más de uno se convirtió, precisamente, en el salón donde la comunidad se reunía cada mañana a las ocho para cantarle a la vida. La voz más pausada de lo habitual, el ciudadano con nombre como protagonista, la historia devorando a la noticia y, en segundo plano, una melodía italiana que te obligaba a cerrar los ojos y mantener la esperanza. La radio es también eso: mantener la bandera en alto cuando el resto del ejército ha caído. Que sigan sonando las señales horarias es un buen síntoma de que la vida sigue, a pesar de todo.

La radio empezó a tener historia en España cuando, en la Guerra Civil (1936-1939), ambos bandos usaron sus emisiones como un arma más. Ya Primo de Rivera había gustado de su efecto persuasivo, pero fue en la guerra cuando los contendientes se dieron cuenta de que información y desinformación son dos caras de una misma moneda. Eso en España, pero en todo el mundo la radio ha sido compañero fiel de grandes acontecimientos. “La radio puede ser un salvavidas en tiempos de crisis y emergencia. En sociedades devastadas, azotadas por la catástrofe o que necesitan noticias desesperadamente, la gente encuentra en la radio la información que salva vidas. (…) La radio puede ser útil en operaciones de respuesta de emergencia y ayudar a la reconstrucción”. Lo dijo el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, durante la celebración del Día Mundial de la Radio de 2016.

Volvamos al coronavirus. No solo Alsina dio en la clave. Algunos narradores de radio se pusieron manos al podcast para aplicarle al confinamiento horas de nueva radio. Aimar Bretos, que pronto dejará de ser segundo de nadie, se puso a contar datos y a explicar la ciencia en un gran podcast de la SER junto a Víctor Olazábal. Por su parte, Alfredo Arense se marcó una enorme serie de episodios en clave de testimonio que llamó 15 días.

Pero no todo han sido luces. También han aparecido nuevos radiopredicadores, que han aprovechado la pandemia para lanzar o relanzar proyectos con escasa calidad. No merecen ni ser nombrados. Y luego están los de siempre, los clásicos, los que ni han entendido que esta crisis, en términos radiofónicos, era una oportunidad y que han seguido haciendo lo mismo que hacían antes. Horarias, sintonía, editorial, entrevista, publicidad y a casa; y otro día, y otro. Los días excepcionales merecen programas excepcionales. Quizá este sea el gran aprendizaje para los que amamos la radio: que ante una gran crisis mundial la radio puede convertirse en un aliado formidable de la verdad, apostando por enfoques originales, aceptando el cambio con valentía; o bien, seguir haciendo lo mismo.

El caso RNE: Nuevas voces, mismo sonido

La llegada de Sánchez al poder a finales de la temporada radiofónica hizo imposible acometer los cambios en los programas de la radio pública hasta después del verano. La primera consideración que conviene hacer es que es realmente triste que nos hayamos acostumbrado a ver como normal que el cambio de Gobierno suponga el cambio de voces en las radios de titularidad pública. Yo lo he vivido, en un sentido y en el otro, y creo que es de un absurdo estructural. ¿Qué imagen da una cadena que por el hecho de que cambie el inquilino de la Moncloa asume como normal que deba cambiar a sus presentadores? Es inevitable que el oyente piense que, a nuevo presentador, nueva doctrina. La realidad luego no es del todo así y unos y otros, sobre todo en RNE, tratan de mantener las formas, pero el daño de los ceses a priori ya está hecho.

Dicho lo cual, creo que las nuevas voces que acompañan esta temporada a los oyentes de RNE se caracterizan por haber modernizado algo el sonido de la cadena. Mucho menos de lo que necesitaría, desde luego, pero es indiscutible que, especialmente en los informativos de mediodía, tanto en el 14 horas de Lunes a Viernes como en la edición de fin de semana, las nuevas voces se parecen más a la radio de hoy que a la de ayer. Especialmente, en el caso de Ana Sterling, que ha conseguido quitarle un par de décadas al sacrosanto templo de la noticia en que se había convertido el antiguo Diario de las 2. Su 14 Horas aún adolece de escasa flexibilidad, pero al menos ha abierto la puerta a una nueva forma de redactar y locutar, lo cual era absolutamente necesario.

En lo que todavía no consigue avanzar RNE, al menos para poder competir mínimamente con el resto de emisoras de titularidad privada, es en la complejidad sonora. Me explico: ¿Cómo es posible que en pleno 2019 una cadena de radio siga emitiendo una misma sintonía en absolutamente todos los espacios informativos de la cadena? Ya sé que el argumento que se esgrime en la casa es que esa melodía es intocable porque sirve al oyente para vertebrar todos los espacios y que aporta seriedad y credibilidad. Pero esos argumentos no tienen un paso. La radio moderna, la del podcast, la de Alsina y Francino, incluso la de Radio 3, es aquella que es capaz de equilibrar el uso de los elementos del lenguaje radiofónico, aquella que es capaz de ser creativa sin perder el rigor, que dispone de la música -sintonías, indicativos, colchones, ráfagas- con coherencia generando ritmo y armonía. Emitir una única sintonía a todas las horas, desde las noticias de España a las 8 hasta los titulares del informativo de fin de semana, no hace más que anclar a la cadena en un moelo anticuado y polvoriento que jamás enganchará a nuevos oyentes.

Y la curva demográfica no perdona.