Musas de verano

Siento pánico al hecho de escribir y no sentirme bien haciéndolo. El camino de vuelta al folio puro ha sido siempre mi regreso a Ítaca, el lugar conocido, allí donde me esperan, donde saben de mis caprichos y donde respetan lo que todavía no soy. Pero ahora tengo miedo, también, al sagrado espacio sin escribir, al templo aún vacío de santos que es una página sin mácula y sin puntos.

Voy avanzando, es cierto, y me siento mejor que hace seis líneas, como si el párrafo anterior hubiera aliviado, si quiera un poco, ese miedo atroz a la pérdida de la pasión en la tecla.

Tengo a mi mujer detrás, leyendo a su vez, ignorando mis pulsaciones de tinta, sumergida en un libro que le he recomendado y que, seguro, está despertando en ella emociones diferentes a las que yo sentí con su lectura. La literatura nos diferencia, nos hace únicos, nos dignifica como hombres. Leer un libro, como hago yo esta noche de verano con el corazón tan blanco, es recordar que hemos sido creados, es confiar en todo lo que somos capaces de crear y, al fin, encontrar un sagrado vínculo entre Dios y nuestra pequeña victoria sobre el resto de cosas.

Hace unos minutos el mar se imponía delante de mí como un imperio inabarcable, misterioso y rotundo. Ahora que la noche ha vencido y que su oscuro velo todo lo abarca, el océano redobla su misterio y, a su natural grandeza, suma toda la que yo imagino: con sus dioses submarinos, sus peleas de estrellas y sus tiburones, ballenas y nemos.

Esta terraza de agosto me brinda también la visión de los balcones ajenos, con sus familias cenando; otras terrazas en las que se encienden luces y se apagan voces, murmullos lejanos que creo interpretar como reproches compartidos: y me llega la idea de que todo es mentira, de que este circo de las vacaciones no es más que una artimaña del bildeberg o del G-7 o algo para adormecer nuestras sucias conciencias y para que, a la vuelta, sigamos pagando la luz y votando sus mentiras. Pero se trata de una idea absurda, claro, que no me quiero permitir.

Parece que el pánico ha desaparecido o, al menos, se ha camuflado en esta cuartilla de verano.

Yeyo

Todos los que formamos parte de la gran familia de la Universidad Francisco de Vitoria estamos de luto. En nuestros grupos de Whatssap, en nuestras conversaciones y, seguro, en nuestras oraciones, hoy está presente Yeyo. Que se nos ha ido, coño, y nos duele. Dicen que se llamaba Eugenio González Ladrón de Guevara, pero vamos, que era Yeyo. Grande. Enorme. Sabía de radio más que la mayoría de los que dicen saber algo de ese medio que amaba profundamente.

Durante 25 años fue profesor en esta universidad. Enseñaba el oficio con pasión. Porque no sabía vivir de otra manera. Una vez me contó cómo le quemaron el guión a un pobre chaval que empezaba a hacer boletines en RNE. Se moría de risa. Otra vez me llevó con otro compañero a Ávila porque decía que era el mejor sitio para comerse un bocata de jamón. En otra ocasión, me lo encontré en Toledo y, así, con esa voz que mezclaba la sorna con la dulzura a partes iguales, empezó a vocear: “¡Qué pasa Vila!, ¡cómo te va la vida!”.

Veo a veces a chavales muy jóvenes y muy tristes, y me gustaría que hubieran ido a una clase de Yeyo, que le hubieran visto reír a carcajadas recordando su etapa como representante de Barón Rojo. “En esta espalda firmaron algún contrato”, decía siempre. Porque Yeyo era un hombre de radio, pero también un rockero de los de siempre, era un tipo enorme con un corazón aún más grande, con unas inmensas ganas de vivir.

Hablando con muchos ex alumnos de la UFV me he dado cuenta de otra de sus virtudes: era un hombre profundamente generoso. Somos muchos los que le debemos nuestro primer trabajo, nuestras primeras prácticas. Era un hombre querido y respetado en el sector, conocido por casi todos, con una enorme red de contactos que él ponía a disposición de quien la necesitara.

No hace ni dos meses que lo vi por última vez, con su fular, su sonrisa, su tesis recién acabada, su tremenda energía. Su muerte es una noticia difícil de aceptar pero, seguro, es también una oportunidad para respetar su recuerdo y aprender de su ejemplo.

Descansa en paz, maestro.

En el Día Mundial de la Libertad de Prensa

Se celebra este 3 de mayo el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Todavía recuerdo cuando, hace unos años, el entonces secretario de Organización del PSOE de Castilla-La Mancha, José Manuel Caballero, hoy presidente de la Diputación de Ciudad Real, me llamó al móvil cinco minutos antes de comenzar el informativo regional de la radio en la que yo trabajaba como jefe de informativos en esa comunidad.

– Hola Guillermo.

– Dime Josele.

– Oye, es que me he enterado de que en el informativo de ahora vas a poner un corte de Ana Guarinos (portavoz parlamentaria del PP).

– Ehhhh… ¿Perdón?

– Si, es que ya sé lo que pasa. Metes un corte del PP, otro nuestro y, al final, le trasladas a la gente la idea de que esto es un pim pam pum entre unos y otros. ¡Y eso no puede ser!

– Josele, creo que te has equivocado de teléfono…

Ese día cumplí con mi obligación y en mi emisora sonaron los sonidos que, periodísticamente, pensaba que debían sonar. Pero no fue fácil. En lugares pequeños, donde las emisoras se financian, sustancialmente, de la publicidad institucional que reparten las diferentes administraciones públicas, las presiones de los políticos pueden llegar a ser brutales. Y si no de los políticos, sí de los responsables de esas emisoras que, salvo honrosas excepciones, actúan básicamente como directores comerciales.

El que aquí cuento es sólo un ejemplo concreto, personal; un ejemplo mío y de nadie más, que no quiero extrapolar ni a otros compañeros ni a otras situaciones. Pero es verdad. Pasó. También es verdad que, años después, pasaron otras cosas, en esa radio y en otras, privadas… y públicas, de esa y de otras regiones. Y es verdad que uno no siempre tiene la valentía necesaria, pero es que ese es el verdadero problema de esa España que sobrevive más allá de la M-30 o de la Diagonal y que, por tanto, no aparece en los grandes programas de los grandes medios: que hay periodistas que deben ser “héroes” para hacer su trabajo.

Así que en este 3 de mayo, un ruego a quien corresponda: saquen sus manos de nuestra libertad.

Publicado originalmente en Mirada 21

El porqué de la filosofía

¿Le has puesto precio a tu vida? Lavas cada mañana en un aparato blanco, centrifugas tus dudas y te sale una colada que no es tuya.

Vas al trabajo y le dices “hola jefe” a un cabrón sin escrúpulos que te devuelve una mirada lasciva. Te miras al espejo y ves la persona que te juraste no ser nunca. Luego en el metro no le das ni un céntimo a la chica del violín; por la noche, le regalas tu cuerpo a un chico sin nombre. Llama tu madre y no le coges, llama tu jefe y le dices que ya vas. Nunca te paga las horas extra. Él sabe lo que hace.

Tu amiga Maruchi te pregunta: ¿por qué lo haces? Respondes poniéndole voz a tantos millones de seres adocenados y cobardes: porque no me puedo permitir quedarme sin curro. Maruchi se va a casa pensado que lo que no puedes permitirte es ser infeliz. Tú te vas a casa pensando que lo que no puedes permitirte es no ser feliz.

A la mañana siguiente vas a trabajar y pones a tu amiga en un paréntesis.

El domingo te levantas con una herida abierta. Pones la tele y alguien grita.

No llegas a fin de mes a pesar de que pagas todas tus facturas. Tu entierro no te pillará de nuevas porque será la repetición de tu día a día en el ascensor.

Un día Maruchi te regala un libro en el que lee “γνῶθι σεαυτόν”. Empiezas a pensar. Se te pone
delante de una verdad insondable. Los sentidos te ayudan y un genio maligno te despista. ¿Pero que estoy haciendo con mi vida? “Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error”, lees en otro libro.

Y entonces pasó.

El sorpasso de Sánchez a Iglesias

Pedro Sánchez querría pactar con Podemos. Estaría encantado de colocar a su familia en La Moncloa, nombrar a un gobierno y reunirse con Obama o, incluso, con Trump, si llega el caso. Pedro Sánchez representa, como demuestran sus continuos devaneos a la izquierda de la izquierda, que el principal de sus objetivos es presidir el gobierno. Como sea. Y hay que reconocer que, en términos de estrategia política, está haciendo lo imposible por llegar a ese objetivo.

Primero dejó que Rajoy moviera ficha. Sabía que, con los resultados del 20-N en la mano, el líder popular tenía muy difícil armar una mayoría parlamentaria que le permitiese revalidar su gobierno. A eso, además, hay que sumar la natural tendencia de Rajoy a dejar que las cosas se vayan colocando por sí solas. Así, una vez consumado el aislamiento, entre propio e inducido del presidente en funciones azuzado por las corruptelas valencianas y madrileñas, Sánchez movió ficha; y la movió hacia el centro. El líder socialista sabía que necesitaba a Rivera para que el monstruo de Podemos no asustara al personal así de repente. Iglesias le ayudó en esa tarea: las andanadas del secretario General de Podemos, sus prepotentes propuestas de un gobierno de coalición y, al final, el resquebrajamiento interno de la formación morada, le facilitaron las cosas a un líder socialista que, aupado en la buena intención de Albert Rivera, consiguió ubicarse en el centro del espectro político y, por fin, logró mirarse en el espejo y ver en el reflejo a un tipo con imagen de presidente.

Y así las cosas, superado el trámite mediático y efectista del debate de Investidura, Pedro Sánchez sabe que ha llegado el momento de dar el paso definitivo: poner a Podemos entre la espada de su acuerdo con Rivera y la pared de su propia frustración ideológica. Sánchez apuesta porque Iglesias no quiera repetir elecciones a sabiendas de que empeorará sus resultados. De ahí la reunión de este miércoles, en la que, Sánchez ha conseguido, de un plumazo, que Iglesias se autoexcluya del hipotético gobierno de coalición que él mismo le diseñó a Sánchez. Eso, después de presentarse en la reunión con un libro dedicado, como se puede ver en la imagen que acompaña este artículo

Está por ver el grado de paciencia que exhiba ahora el socio naranja del PSOE. Ciudadanos empieza a ver las orejas – o la coleta- al lobo y teme ya, con toda la razón del mundo, que su acuerdo con Sánchez no fuera más que una estrategia del secretario General socialista para lavar su imagen y no asustar a la ciudadanía. Ya casi nadie duda de que lo que quiere Sánchez es pactar a su izquierda, que es la vieja tentación del PSOE desde Largo Caballero. Veremos si al final, el sorpasso no se lo da el PSOE a Podemos.