En defensa de las instituciones

No me gusta Donald Trump y, aún así, creo que su victoria en las elecciones estadounidenses tendrá un efecto positivo: La gente, ese magma plebiscitario que vocifera en redes sociales y programas de televisión, se dará cuenta de que en Estados Unidos las instituciones sirven para defender a los ciudadanos. La Constitución de ese país defiende a la people por encima de todo, considera que la ley es el principal agarradero de los desfavorecidos y, por tanto, evita su arbitrio repartiendo la toma de decisiones entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Los dos primeros necesitan del acuerdo para poder actuar y, en caso de necesidad, el tercero de esos poderes, con capacidad de actuar libremente. Tanto es así que los jueces del Supremo lo son hasta que mueren.

Trump ha demostrado tener más de bocazas propagandístico que otra cosa. Sus declaraciones machistas, xenófobas y, además, intelectualmente endebles, le han hecho granjearse la enemistad de la mitad de su país y de la inmensa mayoría del resto de ciudadanos del mundo. En su debe está haber sido el artífice de una división profunda en la sociedad estadounidense, y en su cuenta queda pendiente la tarea de unir esos lazos. También es verdad que no le costará demasiado, ya que los americanos tienen muy claro que nada ni nadie está por encima de su nación. Pero, en todo caso, tiene por delante la compleja labor de cerrar heridas.

Mientras, su victoria ha sacado lo peor de la soberbia europea. Nos creemos capaces de enarbolar todo tipo de banderas aún cuando el mástil de muchas de ellas es made in usa. ¿Qué sería de nosotros, los tolerantes, abiertos y progresistas europeos sin la intervención estadounidense en nuestro sanguinario siglo XX? Ayer, el presidente Hollande, la canciller Merkel y alguno más -también en España- ponía la boca tibia al valorar lo ocurrido en Norteamérica. Y es comprensible que haya cierta precaución ante el polémico y poco preparado presidente Trump, pero del vendaje preventivo a la injustificada superioridad moral de la que se hace gala hay un trecho que no deberían cruzar.

Europa es una gran idea que debe recuperar sus esencias. “Europa, sé tú misma”, que dijo Juan Pablo II, pero en vez de eso importamos lo peor de la cultura anglosajona, que es el materialismo económico y cientificista, y descreemos de aquellos valores sobre los que construimos nuestra civilización: que el hombre debe estar en el centro de toda reflexión, que los medios importan y que el horizonte de nuestra vida debe estar cimentado en la búsqueda del bien, de la belleza y de la verdad.

Trump nunca sería un buen europeo, no es un humanista, ni siquiera es hijo del Derecho Romano; sin embargo, el pueblo al que pertenece cree en la Democracia como nadie, y le ha preparado un armario institucional que, aunque quisiera, nunca podría romper. El muro de libertades que la separación de poderes americana supone para cualquier aventurero macarra es mucho más alto y fuerte que el que Trump pretende instalar en Méjico; más grande aún que el que impera en el ficticio Norte de Juego de Tronos. Es un muro que defiende al ciudadano del poderoso, aunque este se llame Donald Trump.

Artículo publicado originalmente en Mirada21

 

Diana

Han encontrado el móvil de Diana Quer. Me imagino la redacción del programa de Ana Rosa echando humo. Ojalá aparezca pronto, sana y salva,  y España pueda dejar de observarse ante el espejo. Aunque luego habrá otro Caso, claro, mujeres violadas, niños asesinados, algún parricidio, esas cosas que nos hacen preguntanos “cómo pudo pasar”. Titulares grandes, peleas cromáticas en el nuevo prime time, la media mañana todavía vacía de sentido. Ojalá aparezca Diana, y su historia deje hueco libre para las nuestras. 

Apunte sobre la retranca de Rajoy

Todo el mundo habla de la retranca de Rajoy. La mayoría alaba su respuesta a Iglesias de esta mañana. No estoy del todo de acuerdo. Lo reconozco, yo también sonreí con alguna de sus gallegadas, pero, una vez superado el primer impacto, me entra la duda: ¿no debería el presidente tomarse más en serio las gravisimas acusaciones vertidas por el lider de Podemos? ¿Se debe contestar con un chiste a quien te llama delincuente? 

Vota PSOE

Hoy hay más gente dispuesta a votar al PSOE. No hacen ruido, tuitean lo justo y puede, incluso, que no vean La Sexta; son personas que creen en las instituciones como camino para la transformación, que defienden, con más o menos cintura, una economía basada en la libertad de comprar y vender y que, respaldan, también con matizadas diferencias, la necesidad de que el estado no deje tirado en el subsuelo de la inexistencia a quien realmente lo necesita. Y hoy el PSOE está más cerca de volver a ser ese partido centrado en su socialdemocracia, abierto al futuro y no encerrado en el candado de su pasado de puños en alto y rosas marchitas, capaz de articular mayorías, ya sea en Cádiz o en Azpeitia.

Tiene razón Errejón cuando sitúa en el 15M el origen de la fractura socialista, pero no cuando se postula él, junto con su amigovio Iglesias, como la solución para esa brecha. Es cierto que el resurgir de los indignados como símbolo de esa mayoría perdida por el sistema provocó un desconcierto total en las estructuras del PSOE. Acostumbrados, como el PP, al sillón electoral, a la alfombra subvencionada y a los enchufismos bursátiles, se habían olvidado del sentido de su existencia, que no es otro que el de la transformación social desde la política. Al igual que el PP, aunque con errores distintos, los socialistas se habían instalado, cómodamente, en el triste espectáculo de un bipartidismo estructural absolutamente alejado del parado, el empresario, el pintor y el artista.

En lo que los dirigentes de Podemos se equivocan es en la solución. Quisieron devorar a las huestes de Ferraz como un Saturno ideológico; y a punto han estado de conseguirlo: los devaneos de Sánchez con el populismo y con los independentistas, coincidentes en su odio a la idea de nación y al indiscutible axioma de la libertad individual, han rozado la destrucción total del PSOE como partido central, como esa gran formación renovadora que, con sus muchos defectos, tan indispensable ha sido para la construcción de nuestra democracia. Ojalá el dantesco espectáculo del comité federal del sábado sirva, al menos, para que los socialistas españoles inicien el camino de vuelta a la sensatez. Seguro que entonces habrá muchos más españoles, pertenecientes a esa inmensa mayoría silenciosa que prefiere el cambio a la revolución, que se plantearán coger de nuevo la papeleta del PSOE.

Musas de verano

Siento pánico al hecho de escribir y no sentirme bien haciéndolo. El camino de vuelta al folio puro ha sido siempre mi regreso a Ítaca, el lugar conocido, allí donde me esperan, donde saben de mis caprichos y donde respetan lo que todavía no soy. Pero ahora tengo miedo, también, al sagrado espacio sin escribir, al templo aún vacío de santos que es una página sin mácula y sin puntos.

Voy avanzando, es cierto, y me siento mejor que hace seis líneas, como si el párrafo anterior hubiera aliviado, si quiera un poco, ese miedo atroz a la pérdida de la pasión en la tecla.

Tengo a mi mujer detrás, leyendo a su vez, ignorando mis pulsaciones de tinta, sumergida en un libro que le he recomendado y que, seguro, está despertando en ella emociones diferentes a las que yo sentí con su lectura. La literatura nos diferencia, nos hace únicos, nos dignifica como hombres. Leer un libro, como hago yo esta noche de verano con el corazón tan blanco, es recordar que hemos sido creados, es confiar en todo lo que somos capaces de crear y, al fin, encontrar un sagrado vínculo entre Dios y nuestra pequeña victoria sobre el resto de cosas.

Hace unos minutos el mar se imponía delante de mí como un imperio inabarcable, misterioso y rotundo. Ahora que la noche ha vencido y que su oscuro velo todo lo abarca, el océano redobla su misterio y, a su natural grandeza, suma toda la que yo imagino: con sus dioses submarinos, sus peleas de estrellas y sus tiburones, ballenas y nemos.

Esta terraza de agosto me brinda también la visión de los balcones ajenos, con sus familias cenando; otras terrazas en las que se encienden luces y se apagan voces, murmullos lejanos que creo interpretar como reproches compartidos: y me llega la idea de que todo es mentira, de que este circo de las vacaciones no es más que una artimaña del bildeberg o del G-7 o algo para adormecer nuestras sucias conciencias y para que, a la vuelta, sigamos pagando la luz y votando sus mentiras. Pero se trata de una idea absurda, claro, que no me quiero permitir.

Parece que el pánico ha desaparecido o, al menos, se ha camuflado en esta cuartilla de verano.