El youtuber, Umbral y la prisa

Asisto cada vez más asombrado al ascenso al olimpo de la fama de todo tipo de extraños seres audiovisuales: youtubers, tuiteros, pagineros del Facebook, instagramers, wikipedios y gente de este tipo que, en fin, se convierten en héroes del mileurista y urbanita de a pie o de a metro. Así, en el corazón de la línea 3, entre Legazpi y Moncloa, el suburbano escupe personas comprometidas, que se dice ahora, con su tiempo, que no es el del estudio y la verdad, sino el de la prisa y lo accesorio. Donde antes había una novela de quien fuera ahora hay un vídeo de vaya usted a saber quién.

Siempre ha habido prisa en la gran ciudad. Prisa por llegar a tiempo, porque el frenesí del atasco quedaba inoculado en el día a día de sus habitantes, habituados a las apreturas y al nicho de noche del minipiso europeo. Sin embargo, el nuevo tiempo posmoderno nos ha colado esa prisa en el arte, en el cine, en la televisión, en la literatura e, incluso, en el propio tiempo: donde antes había un chico viendo un partido de fútbol en la tele hay ahora, casi siempre, un chico viendo un partido de fútbol en la tele mientras apuesta en internet y whasapea lo que sea con quien sea.

¿Por qué un youtuber consigue el éxito? Porque conoce su entorno, básicamente. Y eso, claro, es un acierto. Todo artista lo es en su tiempo y su éxito depende de que sepa conectar con los posibles compradores. Por eso el que alcanza la fama subiendo vídeos a Internet lo hace porque construye planos brevísimos, aderezados de músicas repetitivas y fáciles y coloreado, todo ello, con argumentos, casi siempre, entre irrelevantes y costumbristas. La columna de Umbral es hoy el vídeo de elrubius. Ojalá estas personas utilizaran su creatividad, tan conectada a su entorno, para la verdad, la belleza y el bien.

Publicado originalmente en Mirada 21

El templo de la libertad

Después de 44 años de afanosas obras, en 1883 se abría al culto la imponente iglesia ortodoxa del Cristo Salvador de Moscú. Cuatro décadas y tres zares fueron necesarios para poner fin al gran proyecto con el que la Rusia imperial del siglo XIX quiso homenajear a quienes lograron echar a patadas a Napoleón de Rusia en la campaña 1812. Sin embargo, la catedral moscovita no pudo resistir a Stalin que, con la nada escondida intención de sustituir el poder de la religión por el suyo propio, dedicó cuatro meses del año de 1931 a demoler el templo del Cristo Salvador. Posteriormente, la tradicional inutilidad burocrática de las administraciones comunistas hizo imposible que el dictador soviético pudiera llevar a cabo su idea original, que era construir en ese mismo lugar un palacio dedicado a los soviets coronado por una estatua de Lenin de unos 100 metros. Debe ser que andaba Stalin demasiado ocupado masacrando ucranios o diseñando campos de concentración como para dedicarse a la arquitectura. Se tuvo que caer el Muro y echar a andar la década de los 90 para que en aquél lugar volviera a levantarse el templo ortodoxo del Cristo Salvador.

Momento de  la demolición ordenada por Stalin en 1931 de la Iglesia del Cristo Salvador.

El caso es que esta anécdota que, por cierto, cuenta como nadie el maestro Kapuscinski en su libro de viajes por El Imperio, nos sirve para ilustrar a la perfección lo que ese sistema totalitario hizo por la humanidad: destruirla. El comunismo no creía en el hombre, más bien lo descreía, era un número, un objeto que sumar y restar y colocar en un ministerio o bajo el punto de mira de la checa, según el caso. El hombre no tenía libertad, que es igual en todas partes, ni derecho a la propiedad, ni prácticamente ningún derecho que no fuera el culto a esa nueva religión que era el Estado. Porque aquí radica la clave de esta sanguinaria filosofía materialista que, también, era el comunismo: es el Estado quien ejerce las funciones que, tradicionalmente, han correspondido a las distintas religiones. El Estado que, parte y reparte bendiciones, el Estado y su líder, a quien se santifica y se pone, como a Lenin, en una estatua de 100 metros, mirando al cielo, que no existe, pero por si acaso.

leopoldo
Leopoldo López en la celda donde lleva dos años encarcelado

Esta semana se han cumplido dos años del encarcelamiento de Leopoldo López, dirigente opositor venezolano. Dos años en una celda sin ventanas por participar en manifestaciones contra el régimen de Nicolás Maduro. Es decir, dos años por oponerse a las estructuras del Estado y de su líder. Dulcifiquen ustedes si quieren la sovietización de Venezuela pero, de fondo, subsisten allí mucha de las viejas prácticas del socialismo original: represión de la oposición, restricción de la libertad individual, persecución de los medios de comunicación, control sobre los medios de producción, etc. Dos años de cárcel por ir a una manifestación y promover un partido político de centro-izquierda, esa es la culpa de López.

Supongo que más de uno dirá: “ahora viene el golpe mortal, la torta a los de Podemos, la mención a las relaciones contrastadas y pagadas de Iglesias, Errejón y monedero con la cúpula chavista; ahora vendrá el giro argumental definitivo de este periodista hijo de la casta y facha, por supuesto”.

Pues sí.

La libertad es el auténtico templo sobre el que el hombre debe erigir el respeto a su propia dignidad.

El extrarradio de las ideas, patria de los titiriteros

El caso de los titiriteros de la alcaldesa Carmena ha levantado ampollas en toda España. Algunos, de pronto, periodistas, electricistas, votantes de uno y otro signo, se pellizcan el brazo y se preguntan, entre abochornados y enfurecidos: ¿Pero cómo es posible? Pero no deberían sorprenderse: los titiriteros que, simbólicamente, agredían a monjas, policías y jueces y que ilustraban su anarquista y bochornoso espectáculo con menciones a la ETA y a Al Qaeda, forman parte de lo que realmente es esta nueva izquierda que proclama el cambio de modelo y que, efectivamente, trabaja por ello.

Que nadie se sorprenda. Los concejales de Ahora Madrid, como los del equipo de Gobierno de los llamados Ayuntamientos del cambio, o los diputados de Podemos, forman parte del extrarradio de las ideas. Provienen de los movimientos anarquistas, de la CNT, de los movimientos okupa, de los escraches, del Rodea al Congreso y, en definitiva, de aquellos que pervirtieron el original espíritu del 15-M y lo llenaron de la más extrema de las ideologías.

Desconozco si el equipo de Gobierno de Carmena sabía del contenido de la función titiritera, pero de lo que no me cabe duda es de que, en su mayor parte, secundan su contenido. Probablemente, las élites de Podemos, que son quienes mandan en el ayuntamiento capitalino, están realmente molestos con la forma, con el momento en que se ha producido, con lo mal que les viene esta polémica ahora que tratan de armar un gobierno de ruptura con el PSOE; son expertos en la estética, han aprendido a hablar bajito para que parezca más profundo aquello que dicen, son los reyes de  las campañas orquestadas en las redes sociales: les habrá molestado el cómo pero, en su mayor parte, comparten esa trasnochada idea de que las fuerzas del sistema (policía, curas y jueces, el Estado a fin de cuentas) son Entes violentos a destruir.

Me decía ayer un compañero: “estamos gobernados por la minoría de la minoría”. Y puede que tenga razón, pero para que eso haya ocurrido ha sido necesario que mucha gente, rodeada de la más lógica y entendible de las desesperaciones, haya acabado comprando el precioso discurso del cambio que proponía Podemos. Ojalá que ahora que, poco a poco, se van cayendo los lazos de ese disfraz, sean cada vez más los que se den cuenta de quienes son realmente.

 

Mas no ha leído a Platón

No ha leido a Platon y sus diálogos primeros, en los que pone voz a los pensamientos de Sócrates. Artur Mas no ha leído lo que, en la Apología, es la primera defensa escrita de la dignidad humana: Sócrates, condenado injustamente por un gobierno extremista que le acusa de corromper a los jóvenes, prefiere aceptar la ley y morir. Y lo hace porque si una sociedad no respeta la Ley se acaba esa sociedad.

Muchos años después, el Tribunal Constitucional le dice a Mas que “sin conformidad con la Constitución no puede predicarse legitimidad alguna”. Y añade el Alto Tribunal: “en una concepción democrática del poder no hay más legitimidad que la fundada en la Constitución”. Es la Ley, Artur, lo que legitima tu gobierno. Sin ella, no hay nada, parecen decir los jueces.

Pero no seamos ingenuos. Mas sabía que esta sentencia iba a llegar. Lo grave es que le va a dar igual, porque a él la verdad no le importa. Afincado en su estrategia destructiva, mira al futuro y sólo ve una opción para mantenerse políticamente vivo: seguir protagonizando el llamado procés.

A lo sumo, el presidente catalán en funciones, utilizará esta sentencia para seguir alimentando la estrategia victimista y delirante que viene defendiendo desde hace seis años. En su discurso, España es un país bárbaro que atenta contra la libertad del pueblo catalán. Sin embargo, los gobernantes que han hablado en nombre de pueblos han sido repetidamente castigados por la Historia. Las sociedades que ganan su futuro son aquellas que están constituidas por ciudadanos libres, no por pueblos unificados bajo el paraguas protector de un líder mesiánico y omnipresente.  Porque no todos somos iguales y, sobre todo, porque los derechos y las obligaciones son de las personas, no de los colectivos. Y entre estas últimas, la de cumplir la Ley. Eso es lo que llevó a Sócrates a la muerte. Un gesto que sirvió para fortalecer la primera Democracia de la historia y que, siglos y siglos después, sigue teniendo sentido.

Dufresnoy - La muerte de Socrates

 

 

Lo que somos

No recuerdo si hacía frio o calor, ni si era lunes o martes o miércoles o jueves o viernes; tampoco sé si era por la mañana o por la tarde. La Universidad era entonces, octubre de 2001, sensiblemente más pequeña. Aún así, a mi se me hizo eterno el paseo entre el módulo 3 de los adosados donde estudiaba Periodismo y la segunda planta del Edifiio E donde estaba el despacho de Humberto. Al fin llegué y, con el dedo temblando, encontré mi nombre en la lista que había pegado en el cristal bajo el encabezamiento “Admitidos en Mirada XXI”.
Pasé casi cuatro años en la redacción de un periódico que entonces era de papel y salía cada tres meses pero que, como ahora, tenía unos principios muy claros.
Ser universales y para ello ser, necesariamente, individuales. Es decir, pelear por nuestra identidad como ciudadanos libres frente al grosero vendaval de datos, cables y respuestas absurdamente técnicas que nos encontramos en nuestro ir y venir por la vida; que duele, claro, porque tratan de inocularnos las prisas a través de Gran Hermano y de Youtube.
¿Qué por qué duele?, se pregunta el cínico desde su altavoz: duele la resistencia, que es como la guerra santa frente al infiel, duele decir no al reloj acelerado, duele que te miren de arriba abajo y te llamen raro, en el mejor de los casos, hijoputa, en el peor.
Ser libres y buscar la verdad, sin renunciar a nuestro compromiso con una concepción concreta del hombre, como fin en si mismo; pero un hombre al servicio de la sociedad.
Ser joven, pues en el germen de las cosas está su esencia más pura. Ser joven de espíritu para aprender de quien nos antecedió, para no perder nunca la esperanza, para pelear con cien palabras por banda por aquellas causas justas que merecen la pena ser defendidas: la verdad (siempre), la justicia, la libertad, la dignidad del hombre.
Aprender, siempre, a contar buenas historias y a hacerlo con pasión.

Noviembre. 2015. Redacción de Mirada 21. La vida a veces tiene estas cosas que no sabes si echarte a reír o acabar arrodillado ante la providente contingencia. De nuevo en Mirada 21, con alguna responsabilidad de más, pero con los principios intactos.
Sigamos adelante, con paso firme, en busca de la verdad y derribando gigantes entre los molinos de Twitter: clavemos bien fuerte la bandera de la esperanza en medio de este siglo de cambios. Y dediquemos a la realidad los caracteres que se merezca

Publicado en http://www.mirada21.es