Consultants killed radio star?

Fruto de la investigación, empiezo a intuir que el proceso de reconversión de la radio española tiene más que ver con la natural incorporación de nuestro mundo a las leyes del mercado. Y esto no es necesariamente malo. Sobre todo porque, después de hablar con varios consultores nacionales e internacionales y con directores de programas y directivos de las principales cadenas de radio, he descubierto que el proceso está resultando de lo más adaptativo. Es decir, con sus aciertos y errores, la investigación en radio está aportando una mirada objetiva y necesaria y un conocimiento más profundo de las necesidades del oyente.

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Desde hace algunos años ando trabajando en una cuestión que para mí resulta crucial para entender el caminar de la radio de hoy: ¿Son los consultores los responsables del decaimiento de la estrella radiofónica? La pregunta es interpelante, sobre todo si uno acepta, como creo que es obligado, que la radio actual en nada se parece a la radio de los 80, los 90 o, incluso, la primera década del presente siglo. Ni siquiera el perfil de Herrera es comparable al que mantuvieron los García, Antonio Herrero, Del Olmo o Gabilondo. Ni en influencia ni en autonomía. Mucho menos aún en el caso de Alsina, Barceló o Íñigo Alfonso.

Pero, ¿qué es lo que ha cambiado? Sus programas siguen siendo muy largos, ocupan una cuarta parte de la parrilla de sus emisoras, continúan generando los mayores ingresos de cada cadena y, con las adaptaciones que precisa el nuevo ecosistema digital, mantienen importantes espacios de influencia social y política. Pero no es lo mismo. No empiezan y acaban sus programas cuando quieren, no ponen y quitan ministros, no se pelean entre ellos. Algo ha cambiado. Y el cambio comenzó a fraguarse coincidiendo en el tiempo con la irrupción de las empresas de consultoría en el mercado de la radio convencional. ¿Casualidad?

Cuando hace cuatro años empecé a trabajar en mi tesis doctoral, centrada en esta cuestión, tenía pocas dudas: las consultoras eran culpables. Sus consejos habían homogeneizado la radio española, habían contribuido a que hubiera cada vez menos calidez en antena, la lógica del gerente, como sabiamente anticipó Iñaki Gabilondo, había destronado a la intuición del periodista. El problema de todas esas aseveraciones es que son, cuanto menos, inexactas. Incompletas. Incluso falsas. Fruto de la investigación, empiezo a intuir que el proceso de reconversión de la radio española tiene más que ver con la natural incorporación de nuestro mundo a las leyes del mercado. Y esto no es necesariamente malo. Sobre todo porque, después de hablar con varios consultores nacionales e internacionales y con directores de programas y directivos de las principales cadenas de radio, he descubierto que el proceso está resultando de lo más adaptativo. Es decir, con sus aciertos y errores, la investigación en radio está aportando una mirada objetiva y necesaria y un conocimiento más profundo de las necesidades del oyente.

Quedan páginas por escribir y conclusiones por verificar, pero quiero dejar ya constancia de este pequeño gran hallazgo: el proceso por el que la radio española ha perdido a sus estrellas es complejo y poliédrico. La influencia de las consultoras en ese proceso es parcial. La aparición de nuevas bolsas de oyentes en espacios tecnológicos diversos, la exigencia del mercado publicitario, la competencia reciente de la televisión en el campo de la influencia política… hay muchas razones que ayudan a explicar el fenómeno de la transición que vive la radio española.

La radio no ha perdido su alma. Es solo que está buscando una nueva.

El audio no es radio

Escribo desde la trinchera. Lo sé. Perderé esta batalla. Es probable. Pero pienso quedarme aquí guerreando, en algún punto medio entre la FM y el pódcast para defender que decir audio no es lo mismo que decir radio. Lo diga la BBC o su porquero.

Escribo desde la trinchera. Lo sé. Perderé esta batalla. Es probable. Pero pienso quedarme aquí guerreando, en algún punto medio entre la FM y el pódcast para defender que decir audio no es lo mismo que decir radio. Lo diga la BBC o su porquero.

Las cosas que no se dicen es como si no existieran. La frase la pronuncia Antonio Resines al final de La buena estrella, la obra maestra de Ricardo Franco. Y así es. Nombrar las cosas es dotarlas, de alguna manera, de existencia. Lean La seducción de las palabras de Grijelmo, si no me creen. Decir algo es hacer que ese algo adquiera una nueva dimensión.

Un audio es un sonido. Algo que es posible escuchar. Es decir, la radio es audio, sí, pero no solo. Es palabra, música, silencio y efectos. Y es intención. Rebajar todo ese entramado precioso y complejo al nivel del audio es como afirmar que un eructo es la panacea de la comunicación elegante. Es comunicación, sí, pero sobre todo es grosería.

El argumento de que los jóvenes no saben nada de radio y de televisión porque consumen productos individualizados cae por su propio peso. Esos productos, plenamente adaptados a su tiempo, deben ser llamados programas de radio o, en su caso, pódcast. Flaco favor le hacemos a las futuras generaciones de comunicadores si no defendemos ciertas trincheras, no como el viejo que se aferra su universo conocido y se resiste a cualquier cambio, sino porque en ellas reside la base de todo cambio. La radio se está adaptando a este tiempo nuevo, como lo hizo a otros. Su flexibilidad es connatural a su existencia. Pero uno se adapta a los signos de los tiempos desde las raíces que te mantienen en tierra. Recurramos a Chesterton: «El fin de tener una mente abierta, como el de una boca abierta, es llenarla con algo valioso».

Cualquiera que suba un audio a una plataforma de pódcast puede pensar que está haciendo radio. Pero es mentira. Estoy harto de escuchar audios – esos sí- mal grabados, pretenciosos, largos, sin ritmo, mal editados… no compremos esa mercancía, queridos amigos. Usemos nuevos lenguajes, busquemos nuevas formas de comunicar realidad o ficción, hagamos programas que conecten con esta generación emotiva. Es posible. Y si lo hacemos, tengamos el enorme orgullo de afirmar, le pese al publicista que sea, que estamos haciendo radio.

Lo que la pandemia nos ha enseñado sobre la radio

El Coronavirus ha traído una nueva forma de escuchar la radio, al menos, una adaptación: poníamos el oído para encontrar al otro lado algo de la seguridad que habíamos perdido. El suelo había desaparecido, casi todas nuestras seguridades habían quedado colapsadas y el miedo tenía barra libre en nuestros pensamientos. Y en medio de esa crisis personal y planetaria, estaba la radio, puntual y precisa.

El Coronavirus ha traído una nueva forma de escuchar la radio, al menos, una adaptación: poníamos el oído para encontrar al otro lado algo de la seguridad que habíamos perdido. El suelo había desaparecido, casi todas nuestras seguridades habían quedado colapsadas y el miedo tenía barra libre en nuestros pensamientos. Y en medio de esa crisis personal y planetaria, estaba la radio, puntual y precisa.

Alsina se dio cuenta de que la humanidad estaba dándose cuenta de que de esta crisis o salíamos todos o no salíamos ninguno. Esa sensación de que había algo que nos unía, ese aplauso compartido, esa necesidad de preservar la vida, de defender nuestros siete reinos del enemigo común: Más de uno se convirtió, precisamente, en el salón donde la comunidad se reunía cada mañana a las ocho para cantarle a la vida. La voz más pausada de lo habitual, el ciudadano con nombre como protagonista, la historia devorando a la noticia y, en segundo plano, una melodía italiana que te obligaba a cerrar los ojos y mantener la esperanza. La radio es también eso: mantener la bandera en alto cuando el resto del ejército ha caído. Que sigan sonando las señales horarias es un buen síntoma de que la vida sigue, a pesar de todo.

La radio empezó a tener historia en España cuando, en la Guerra Civil (1936-1939), ambos bandos usaron sus emisiones como un arma más. Ya Primo de Rivera había gustado de su efecto persuasivo, pero fue en la guerra cuando los contendientes se dieron cuenta de que información y desinformación son dos caras de una misma moneda. Eso en España, pero en todo el mundo la radio ha sido compañero fiel de grandes acontecimientos. “La radio puede ser un salvavidas en tiempos de crisis y emergencia. En sociedades devastadas, azotadas por la catástrofe o que necesitan noticias desesperadamente, la gente encuentra en la radio la información que salva vidas. (…) La radio puede ser útil en operaciones de respuesta de emergencia y ayudar a la reconstrucción”. Lo dijo el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, durante la celebración del Día Mundial de la Radio de 2016.

Volvamos al coronavirus. No solo Alsina dio en la clave. Algunos narradores de radio se pusieron manos al podcast para aplicarle al confinamiento horas de nueva radio. Aimar Bretos, que pronto dejará de ser segundo de nadie, se puso a contar datos y a explicar la ciencia en un gran podcast de la SER junto a Víctor Olazábal. Por su parte, Alfredo Arense se marcó una enorme serie de episodios en clave de testimonio que llamó 15 días.

Pero no todo han sido luces. También han aparecido nuevos radiopredicadores, que han aprovechado la pandemia para lanzar o relanzar proyectos con escasa calidad. No merecen ni ser nombrados. Y luego están los de siempre, los clásicos, los que ni han entendido que esta crisis, en términos radiofónicos, era una oportunidad y que han seguido haciendo lo mismo que hacían antes. Horarias, sintonía, editorial, entrevista, publicidad y a casa; y otro día, y otro. Los días excepcionales merecen programas excepcionales. Quizá este sea el gran aprendizaje para los que amamos la radio: que ante una gran crisis mundial la radio puede convertirse en un aliado formidable de la verdad, apostando por enfoques originales, aceptando el cambio con valentía; o bien, seguir haciendo lo mismo.

Las elecciones… con otra mirada

Este domingo tuve la ocasión de ponerme al frente de un programa electoral muy especial. Más de 50 alumnos de mi universidad, la Francisco de Vitoria (Madrid) nos han dado a todos un ejemplo de tesón y constancia en el trabajo, de ilusión y de compromiso. Con ellos y gracias a ellos y a un plantel envidiable de analistas -la mayoría profesores de enorme prestigio de la UFV- hicimos más de cuatro horas de radio en directo. He hecho muchos programas electorales en mi vida, tanto en COPE como en Radio Castilla-La Mancha, incluso en la extinta SomosRadio; pero en ninguno de ellos he visto tanta ilusión como la que vi este domingo en mis alumnos de la Universidad. Con esos mimbres, el futuro está ganado. ¡Bravo chicos!

La radio de Luis Herrero: artesanía y rigor

Su programa es cálido y sobrio, austero en lo formal, sin concesiones a las estrategias de consultora que tanto protagonismo adquieren en la competencia, sobre todo a esa hora. Mientras Ángel Expósito tutea al oyente y le habla del alcalde de Madrid con Extremoduro de fondo, Luis Herrero se dirige a quien escucha con respeto y distancia, dando prioridad absoluta al análisis desapasionado de la actualidad.

Fondo y forma se dan la mano en la apuesta de Luis Herrero para las tardes de Es Radio. La verdad es que llevaba tiempo queriendo hincarle el diente en el blog a En casa de Herrero, el programa vespertino que conduce el veterano periodista , curtido en mil batallas periodísticas y políticas. Su programa es cálido y sobrio, austero en lo formal, sin concesiones a las estrategias de consultora que tanto protagonismo adquieren en la competencia, sobre todo a esa hora. Mientras Ángel Expósito tutea al oyente y le habla del alcalde de Madrid con Extremoduro de fondo, Luis Herrero se dirige a quien escucha con respeto y distancia, dando prioridad absoluta al análisis desapasionado de la actualidad.

Herrero lleva muchos años haciendo este mismo programa. El éxito de su Linterna en la Cope de los 90 fue ampliamente imitado. Y siguió haciéndolo cuando en 1998 le tocó sustituir a su amigo Antonio Herrero, fatalmente fallecido en accidente de submarinismo. Cierto es que este tono como de abogado defensor del oyente en el juicio diario a la actualidad -tono heredado, de hecho, de su padre, fiscal del Tribunal Supremo en el último franquismo- no acabó de funcionar en el prime time, donde el ritmo es otro; pero, en todo caso, tras su aventura como eurodiputado del PP, Herrero volvió al micrófono con la fundación de Es Radio. Y en esta emisora, hija de su gran amigo Federico Jiménez Losantos, ha vuelto a hacer ese programa antiguo y necesario, artesano en la puesta en escena y en la intención y riguroso en el análisis.

«Creo sinceramente que la primera hora de En casa de Herrero es de lo mejor que se hace en la radio actual».

Pudiera uno pensar que en una emisora como Es Radio nada ni nadie puede escapar a la personalidad arrolladora de Jiménez Losantos. Sin embargo, no deja de sorprenderme esa especie de anarquía formal, que solo puede nacer de la confianza y la amistad, que destila la cadena. Puede uno escuchar por la mañana como se pone a caldo a Ana Pastor y escucharla por la tarde en sosegada entrevista; puede uno observar cómo el antiguo Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce, es vilipendiado en la mañana y participar periódicamente como colaborador de un programa nocturno. Y Luis Herrero es paradigma de esa independencia, que funciona dentro y fuera de las fronteras de su emisora.

Creo sinceramente que la primera hora de En casa de herrero es de lo mejor que se hace en la radio actual. Prueben ustedes un día. Sin artificios, ni redes sociales, ni grandes conexiones por satélite, pero con todo el olfato periodístico del mundo. Así es esa primera hora en la que, como si fueran testigos de un juicio, Luis Herrero hace desfilar a quienes tienen algo que decir sobre la actualidad, vengan de donde vengan. Una hora de radio hecha a mano que reconforta en estos tiempos de consultoría y podcast presuntuoso.